Una revolución en el estudio del suelo trastoca la lucha contra el cambio climático

Una revolución en el estudio del suelo trastoca la lucha contra el cambio climático

La esperanza era que el suelo nos salvase. Como la civilización no para de arrojar cantidades siempre mayores de dióxido de carbono a la atmósfera, las plantas, las depuradoras del carbono en la naturaleza, quizá podrían recolectar parte de ese exceso de carbono y enterrarlo bajo tierra durante siglos, o más tiempo aún.

Esta esperanza ha alimentado planes cada vez más ambiciosos para la mitigación del cambio climático. Unos investigadores del Instituto Salk, por ejemplo, esperan someter plantas a bioingeniería para que sus raíces generen cantidades enormes de una sustancia rica en carbono y componente del corcho, la suberina. Aun tras la muerte de la planta, el carbono de la suberina seguiría enterrado en esta, según se supone en el plan, durante siglos. Esta Iniciativa del Aprovechamiento de las Plantas es seguramente la más brillante estrella de un abarrotado firmamento de soluciones contra el cambio climático basadas en esa sustancia parda que está bajo nuestros pies.

A planes así les es esencial la existencia de moléculas grandes, estables, ricas en carbono que duren cientos o miles de años bajo tierra. Estas moléculas, llamadas colectivamente humus, son desde hace mucho una piedra angular de la ciencia del suelo: tanto grandes métodos agrarios como sofisticados modelos climáticos se basan en ellas.

Pero en los últimos diez años, más o menos, la ciencia del suelo ha experimentado una revolución callada, análoga a lo que sería para la física que cayesen la relatividad o la mecánica cuántica. Solo que en este caso casi nadie se ha enterado, incluyendo a muchos que tienen la esperanza de que los suelos rescaten el clima. «Hay mucha gente que siente interés por el secuestro del carbono a la que no le ha llegado todavía», dice Margaret Torn, científica del suelo del Laboratorio Nacional Lawrence en Berkeley.

Una nueva generación de estudios del suelo, potenciados por las técnicas de creación de imágenes y los microscopios modernos, han descubierto que, sea como sea el humus, no es la sustancia de larga duración que se creía que era. Los investigadores del suelo han llegado a la conclusión de que los abundantes y voraces microbios del suelo devoran deprisa hasta las moléculas más complejas y de mayor tamaño. Puede que no exista la molécula mágica que se clava en el suelo y de la que se espera que perdure en él.

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